Martes, 02 de diciembre de 2008



Crónica de Marcos Crónica de Teto Crónica de Chema

Hace unos cuantos meses un grupo de amigos nos dejamos engañar por un gran seductor e hicimos piña para acudir juntos a Donosti ¿otro maratón este año? ¡¡Qué llevamos dos!! Si el galán es D. Antonio y se apellida Krismaran, comprenderéis que nadie pudo negarse.

Hace también unos cuantos meses que saqué billetes de tren para ir y volver descansado del maratón, los pintxos y las cervezas. El coche puede ser fatigoso. Pero hace unos cuantos meses no era consciente de que a veces las cosas se tuercen y un viaje a Donosti para disfrutar del maratón, puede convertirse en un auténtico raid. Así que hay va la historia de un despropósito con final feliz.

Viernes diez de la noche: tocan cañas con los amigos como todos los viernes a las diez de la noche. Dicen que la rutina es el mejor aliado para que las cosas sigan su curso. Una de la madrugada del sábado: comprobación de despertadores, seis y cuarto de la mañana es la hora señalada. Son las ocho de la mañana y los primeros rayos de sol me señalan a la cara desde la ventana ¿y el tren? ¿Y los despertadores? Paki y yo nos señalamos con el dedo ¿qué coño ha pasado? ¡¡ostiá, el tren estará ya por Villalba y nosotros en la cama!! Empezamos a dar vueltas por la casa sin sentido, ni rumbo, ni criterio. Ya estoy a ciento ochenta pulsaciones y el maratón es mañana ¡¡viva la relajación!! ¿Qué hacemos? Yo ir al baño a vomitar (la tensión del estómago no aguanta) Paki se viste (como si se fuera a algún lado) ¡¡Habrá que llamar a RENFE!! ¿Su slogan no es "vamos hacia el futuro"? Pues a ver si la operadora nos planta en Calatayud, que es por donde debe transitar ya nuestro tren.

¡¡Un momento de calma por dios!! que hay tren a las diez. Va!! En serio,... tranquilidad que tenemos dos horas, setenta y cinco euros menos y ninguna prisa para llegar a Atocha. El nuevo ferrocarril (porque aquello no llegaba a ser tren) sale a las diez de la mañana y llegará a las cuatro y veinte de la tarde ¡¡ja, ja y otra vez... ja!!

Desayunamos, compramos bocadillos para el viaje, aquarius, golosinas. Total, tenemos dos horas de espera. Paki ¿tu ves S. Sebastián en los paneles? No, ¿tú? espera, igual pone Donosti ¡¡ni Donosti, no ostias, ni leches!! ¿Se habrá largado otro tren sin nosotros? ¿RENFE nos está haciendo el vacío social? Ni, lo uno, ni lo otro. La amable señorita de atención al cliente nos dice que este tren ¡¡sale de Chamartin y nos quedan veinte minutos hasta allí!! ¿Vomito otra vez o me lo aguanto? Fiuuuuuuuuuu, corriendo a Chamartín, llegamos. Si, esta vez sí. Tomamos asiento, nos relajamos, "redormimos" y disfrutamos del viaje... ¡¡¡los cojones!!! El tren se para a diez kilómetros de Venta de Baños. Que pienso yo para mis adentros: si vamos a San Sebastián ¿Qué hacemos en Venta de Baños, antes en Ávila y luego en Valladolid? ¿Esto es un "turopereitor" o qué? Otra amable señorita, casi tanto como la amable señorita anterior nos comunica:

"Atención: el tren tiene un problema de fluído eléctrico que aún está por determinar si es del propio tren o de la catenaria. Hemos llamado para que nos den soluciones. Les recomendamos que no abran las puertas entre vagones para conservar el calor, porque de aquí a poco tiempo nos quedaremos sin calefacción. En cualquier caso, este material se retira definitivamente el día catorce de este mes" ¿No se atreve siquiera a llamarlo tren? ¿Hay que esperar aquí hasta el día catorce? Cago en la tos, seguro que sí, que ahora sí que vomito.

Llamada a los destacados en Donosti: oye, que no nos esperéis ni al café. A ver, que se ponga el Txunda (sindicalista de RENFE a la sazón) para que nos aconseje. Respuesta de Txunda: ir al bar, que todo lo que consumáis os sale gratis. Vaya mierda de sindicalista. Parece más del sindicato del crimen. Aún así acudimos al bar: cerrado ¡No te jode!, estos se han atrincherado hasta ver si resuelven el tema. Van tres cuartos de hora, a la gente se le empiezan a hinchar las narices. Digo narices por no herir la sensibilidad del lector y no decir los cojones. Paki y yo sacamos los bocatas y le pregunto si racionamos, no sea que las cosas vayan a peor, o si por el contrario montamos un tenderete. Optamos por empezar a comer. La gente mira los bocadillos con los ojos como platos. Lentamente deslizo la palma de mi mano por detrás del bocata para así proteger la raja de chorizo que asoma entre las dos rebanadas de pan. Paki, nada de racionar, todo para el buche que igual sufrimos de aquí a nada un asalto vandálico. Si luego vomito del atracón, eso que me he llevado.

 

Hay gente de todo tipo. Esto aunque no lo parezca es un tren y es como la vida misma. Un matrimonio que va a una boda (con sus mejores galas en aquel asiento) y que hizo uso del tren para evitar la posibilidad de que la nieve impidiera su puntual llegada. Sale el tema boda y por detrás uno dice: yo también voy de boda a Burgos ¿a qué boda van ustedes? A la de tal ¡¡anda, yo también!! ¿Y de quién eres familia? Un hombre ofrece chocolate, obsequio del periódico "la Opinión" de Zamora y no sé si hacer uso del ofrecimiento porque antes, este mismo hombre, miró mi bocadillo y no fui dadivoso con él. Llevamos hora y cuarto y ni máquina remolcadora, ni tren alternativo, ni solución alguna. Ni siquiera ya tengo ganas de vomitar. Lo que tengo es un frío que pela. La amable señorita número dos, cuya cara ya no es tan amable, aunque sí su voz, nos informa de nuevo:

"Se va a proceder a abrir el bar y van a disponer de un refresco o cerveza junto con una bolsa de patatas por persona. Nos indican que no es viable, por cuestiones de seguridad, el abandonar el tren y subir a otro en la vía paralela. Van a enviar una máquina diesel que nos remolcará hasta Venta de Baños y de allí proseguiremos en autobús hasta los destinos de cada uno. Sólo hay un problema y es que este tren tiene un sistema especial de enganche que puede resultar fallido" No, si al final tendremos que tirar nosotros del tren.

Esta historia, que parece una misión del Súper a Mortadela y Filemón, es tan real como ese otro slogan de RENFE que dice: "el tiempo es tuyo... haz con el lo que quieras". (Sin comentarios).

Hala ¡¡a correr al bar!! Donde esté un bar abierto ya no hay problemas de retrasos ni historias Que jodidos, cerraron para evitar el expolio y abrieron cuando no les quedó más remedio. Los de la boda no llegan ni a la barra libre, un hombre ¡¡desde Málaga!! Acude a un funeral a San Sebastián para volverse sólo con el recuerdo del finado y de este viaje, aun no finiquitado. Yo iba a un maratón junto con tres más que hay en el tren. Aunque esto ya parece secundario decidimos empezar a calentar, en los pasillos, no vaya a ser que del tren nos toque ir directos a Anoeta.

Bebidos y comidos pues todos contentos y el colegueo ya es general. Ya nada importa si viene o no la máquina diesel, si llegamos o no al maratón, si el hombre que iba a cerrar un negocio se queda sin la comisión, si un señor de gafas planea una estrategia para bajarse del tren sin que le vean (hay dos guardias de seguridad apostados a ambos lados del tren para evitar deserciones) o si el "guiri" que no entiende ni papa de lo que está pasando entiende al que le chapuerrea el problema en vasco-inglés.

Todo esto sucede en la vía del tren, pero es que a cincuenta metros a la izquierda tenemos la autovía y otros treinta a la izquierda una carretera bien asfaltada ¿Y por qué no vienen los buses hasta aquí y nos llevan a San Sebastián? ¿O por qué no vamos andando a Venta de Baños, joder si estamos a quince minutos? ¡¡La seguridad de RENFE lo impide!! Vamos a ver, si lo único seguro... ¡¡es que aquí vamos a morir de frío!! El hombre que quiere escapar no aguanta más y dice: ¡¡no creo que me peguen un tiro esos si me bajo!! La tensión aumenta y por fin llega la máquina tractora para devolver tensión "al material a desahuciar". Total, ¡!diez minutos de paseo hasta Venta de Baños!! ¿¿Dos horas y media parados para estar al lado?? Ahora si que necesito un baño, pero que no me lo vendan por dios. Las ganas de vomitar pasaron, pero las otras están ahí.

No creáis que esto ha terminado porque ahora toca ir en bus. No, si lo mío es el tri, así que en un pintón bus de color rosa emprendemos viaje y de nuevo problemas ¿oiga, pararemos en algún momento? Es que necesito ir al baño. Vaya, este no ha hecho uso de este singular pueblo anterior, importante nudo ferroviario. La amable señorita del tren, ahora del bus, se erige en "espiquer" y nos indica: "en media hora haremos una parada". Pasa la media hora, tres cuartos, una hora. El hombre no puede más y se revela. El bus para en un cruce encima de la autovía y le señala al hombre unas vallas donde poder evacuar. El hombre se indigna, no es para menos. Le indica que siga, poco más o menos que se le ha cortado la meada y que ahí no micciona. Emprendemos marcha, pararemos más adelante. Otro hombre, distinto al hombre anterior indica al hombre que conduce mediante un grito: ¡¡que viene una mujer corriendo por allí detrás con el brazo en alto!! Pero... ¡¡si no se ha bajado nadie!! Frenazo, la mujer llega a nuestra altura y se queda con los ojos a cuadros, nosotros con los ojos de odio. Se ha confundido con el autobús de línea.

Llegamos a Sanse. Sí, llegamos tras casi diez horas de viaje mas las dos anteriores del tren perdido. Nos despedimos de los compañeros de aventuras como si fuera un anuncio de El Almendro. Sólo queda cenar y correr un maratón ¿Un maratón? ¿Qué va a llover y soplar el viento con fuerza? Va, que bobada... Total.

Así que cayó el maratón, los pintxos y sus correspondientes cervezas celebratorias. No caí yo, pude con todo. Esta vez sin vomitar.

Fdo. El "otro" Minino_tristeatleta!!! ¡Ja,ja,ja,ja! ;-P

Antes de comenzar a leer, debo advertir al lector que esta crónica ha sido escrita muy pocas horas después de finalizar la prueba y por tanto claramente realizada bajo los efectos de una importante sobredosis de endorfinas. Es por ello que tal vez el autor (mismamente yo) haya tenido una visión ligeramente alterada de los hechos y de cómo sucedieron en la realidad.

O tal vez no.


El tipo del rostro afilado

Hace tan solo unas horas...

Sí, apenas unas horas han pasado desde que crucé la meta de esta carrera.

Horas.

Un tiempo insuficiente para borrar de mi cabeza ese torbellino de sensaciones, alegrías, sentimientos y miserias espachurrados en el alma en el corto espacio de tiempo que separa dos líneas. La línea de salida. La línea de meta.

Escribo esta crónica desde el vagón de un tren que devuelve a casa a una persona feliz. Agotada. Cambiada para siempre por una nueva e intensa experiencia vital.

Empecé a correr este maratón una calurosa tarde de Junio. En un atasco, volviendo a casa del trabajo, una idea cruzó mi mente, “quiero correr un maratón antes de que acabe el año”

Y la idea vino para quedarse.

No hizo ni falta salir del atasco para tener tomada la decisión del donde y el cuando. Donosti. 30 de Noviembre.

Cinco meses han pasado desde entonces. Cinco meses de ilusión, nervios, dudas y entrenamientos. Cinco meses corriendo esta carrera. En infinidad de ocasiones. En mi imaginación. Unas veces con final feliz. Otras no tanto.

Por mucho que uno imagine las cosas al final siempre está el destino preparado para sorprendernos.

No llovía ni soplaba el viento en ninguna de todas aquellas veces en que había corrido esta carrera en mi imaginación. Y sin embargo Eolo, sin yo saberlo, también había sacado dorsal para Donosti.

No comentaré nada en esta crónica de los dos estupendos días vividos en esta maravillosa ciudad, ni de los amigos con los que he compartido semejante experiencia.

Nueve de la mañana. Sopla fuerte el viento y el cielo amenaza con desplomarse sobre nuestras cabezas.

Tres mil corredores. Tres mil ilusiones.

Todos allí agrupados esperando que empiece la fiesta. Y en ese momento le veo por primera vez. En medio de la muchedumbre unos ojos me observan. Se clavan en mí.

Es un tipo de rostro afilado. Desafiante. Chulo. Tiene cara de hijoputa. Y estoy seguro de haberle visto antes, pero... ¿dónde?. No lo sé, pero me acordaré.

Retiro mi mirada de la suya. No quiero pensar en él. Ahora no. Quiero centrarme en las tres únicas cosas que en estos momentos deben de ocupar todos mis pensamientos.

Primera: un ritmo. Tatuado a fuego en mi mente. 5 minutos cada kilómetro. Ese ritmo memorizado en las últimas carreras y entrenamientos.

Segunda: un tiempo límite. 210 minutos. 3 horas y 30 minutos.

Tercera: una idea. Hoy voy a correr hasta reventar.

Mis piernas han empezado a moverse.

En los primeros kilómetros trato de quitarme los nervios y meterme en un buen grupo que me proteja del azote del viento. He decidido tratar de mantener el ritmo tatuado en mi mente pero no mirar el crono.

Al paso por el km.10 lo hago por primera vez y lo pico en 49:41. He clavado el ritmo y voy realmente cómodo pero sé que esto es muy largo.

A partir de aquí pasamos por el casco viejo de la ciudad donde la animación es espectacular. Pero el momento mágico de esta carrera es el primer paso por La Concha, donde el mar embravecido rompe con fuerza contra las rocas. Esa imagen de la espuma de las olas sobre las rocas mezclándose con el sonido de miles de zapatillas golpeando contra el asfalto será posiblemente el recuerdo imborrable que me llevaré de aquí para siempre.

Al paso por la media miro de nuevo el crono y me asusto al ver que marca 1:43:35. Estoy yendo un poco por encima de lo pactado y me da miedo darme de bruces contra el famoso y temido muro.

Y es entonces, cuando los miedos asoman por primera vez, el momento en que le vuelvo a ver. Había notado su presencia en diferentes momentos de los últimos kilómetros, pero no había conseguido verle.

Ahora sí. El tipo me mira desde una esquina. Se ríe a grandes carcajadas y me hace un gesto con el pulgar hacia abajo.

Yo le contesto con el dedo índice hacia arriba.

A estas alturas ya ha empezado a llover. A ratos con fuerza. Pero no me importa. He venido aquí a correr y no a quejarme de los elementos.

Acercándome al km.30 el tipo sale de entre el público y de un salto se me sube a la chepa.

Intento zafarme de él, pero se agarra con uñas y dientes.

Le insulto. Le grito. Le llamo de todo. Pero el tipo no para de reír y patalear de placer. Disfruta su momento.

Su peso sobre mi espalda me obliga a bajar ligeramente el ritmo.

Pero al paso por el 35, al fin, con un brusco movimiento, consigo deshacerme de él. El tipo de rostro afilado cae de espaldas y se queda en el suelo mirándome con cara de sorpresa.

Y entonces soy yo el que suelta una profunda carcajada al ver su cara de enorme decepción.

Estamos entrando de nuevo en el casco viejo y ya sé que esta carrera será muy pronto una nueva muesca en mis zapatillas.

Escucho gritos. Gente que me anima por mi nombre. Pero ahora ya no veo sus caras. Solo mi sufrimiento, mi respiración agitada, mis doloridas piernas y mis zapatillas forman parte de mi mundo.

Todo lo demás ha dejado de existir. Conozco este mundo. Ya he pasado antes por aquí. Sé que el camino del maratón es un viaje al más profundo de los infiernos. Al más cruel. Allí donde se esconde la escalera que sube directamente al paraíso.

El paraíso aquí tiene forma de estadio. Estadio al que entra como un cohete. Ahora mis pies han dejado de tocar el suelo. Estoy levitando sobre la pista de atletismo.

Mientras veo el arco de meta a lo lejos me pregunto si existe algo en el mundo que me guste más que correr.

Y no soy capaz de encontrar una respuesta.

Y entonces le vuelvo a ver.

Pálido. Serio. Con la mirada clavada en mí.

Levanto los brazos., le miro a los ojos y cruzo la meta de esta maravillosa carrera.

Han sido 3 horas, 30 minutos y 5 segundos de eterno placer.

Me dejo caer en el suelo. Quiero vivir intensamente este momento aquí tumbado.

Estoy feliz.

¿Acaso no lleva siglos el hombre preguntándose el porque de su existencia? Pues en este momento lo tengo claro. Estamos aquí para poder vivir ESTO.

Y mientras pienso en ellos noto una presencia junto a mi. Me giro y le veo allí. Sentado a mi lado. Me observa con solemnidad.

Antes de poder recriminarle nada de su comportamiento el tipo extiende su mano hacia mí. Con las pocas fuerzas que me quedan se la estrecho fuertemente.

Ahora ya sé quien es. Ahora puedo recordar muy bien donde le había visto antes.

“¡Enhorabuena! Esta vez has ganado tú”, me dice.

Y sonriendo por primera vez añade: “¿Acaso no te sientes ahora el tío más grande del mundo?”

“Claro que sí, Sr. Maratón. CLARO QUE SI”

Bueno, por mi parte ha sido un fin de semana estupendo, acompañado de un montón de amigos 4pipas, novatillos, “independientes”, etc... un lujazo vamos.

En cuanto a la carrera en sí... fue una mezcla de euforia y rabia.

Podría excusarme diciendo que hacía mucho viento, o que hacía mucho frio y yo corro mal con frio... o que llovía cada dos por tres... podría añadir algunas razones más para excusarme de no haber logrado esas 3h:10 ansiadas... ni siquiera haberme acercado.

Pero no hay excusas. Los milagros no existen y menos en esta distancia... comparando planes de entreno de este y otros maratones ha sido con el que menos kilómetros he llegado y eso se paga... las piernas empezaron a flojear en el 24 y los siguientes 18 hasta meta fue una mezcla de agonía y pundonor viendo como inexorablemente cada kilómetro lo picaba más lento que el anterior... así de rotundo... iba con Talara y Fabia a 4:40 cuando nos separamos... a partir de ahí... 4:45 ...4:50... 4:55 ... 5:00 ...5:05... llegué a hacer un par de kilómetros a 5:40... “recuperándome” en el 39 y poniéndome a 5’...

...no hubo muro, no hubo pinchazo, no hubo dolores extremos... era simple y puro agotamiento muscular, de fuelle iba estupendamente... pero las piernas hacía mucho que habían dicho que NO... y la idea de pararme entre el 28 y el 35 se me pasó por la cabeza muchas veces... mientras veía como todo el mundo me iba pasando... pero continué corriendo... sin pararme, sin pensar... ignorando mis pensamientos y concentrado tan solo en mis piernas...

Lo malo, esa sensación de no haber logrado el objetivo previsto. Lo bueno, de lo cual me siento bastante orgulloso, haber sabido mantener fria la cabeza para ir dejando de lado el placer del triunfo y conformarme con toda la dignidad posible en llegar a meta como fuera.

3:30:48... no es de mis mejores marcas en maratón... (no es mala marca tampoco)... pero sí de la que me siento más orgulloso.

Y eso sí, asumir que los milagros no exiten, aprenderemos de los errores.

¡Enhorabuena a todos los que acabasteis, lo intentasteis y con más razón los que cumplisteis vuestros objetivos! Y gracias a todas y todos los que nos animaron y ayudaron a conseguir acabar esos 42,195Km.

CHEMA








Publicado por txunda @ 16:11  | Carreras
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